“Para convertir las preguntas técnicas en políticas, hay que arrebatarlos de las manos de los técnicos […] Los actuales revolucionarios saben, por tanto, que primeramente deben producir un nuevo consenso. Así, no están ocupados en ir contra las imágenes, sino contra la retroalimentación y el consenso que existe entre las imágenes y las personas” (pag. 61)
“Los funcionarios prescriben a las imágenes lo que éstas a su vez deben prescribir a los receptores. Los aparatos prescriben a los funcionarios cómo deben hacer sus prescripciones a las imágenes. Y otros aparatos prescriben a estos aparatos lo que deben prescribir a los funcionarios.” (pag. 70)
“[los gadgets] funcionan así no porque con ello correspondan a su tipo de construcción técnica, sino porque sus usuarios están programados para emplearlos así, y no de otra manera. Su tipo de construcción correspondería más bien a un verdadero funcionamiento dialógico. […] Si en relación con esto la gente se diera cuenta de que son capaces de realizar los dispositivos telemáticos, éstos se volverían poderosos instrumentos contra la estructura social discursiva. […] Una sociedad en donde unos con otros dialoguemos mediante imágenes, sería una sociedad de artistas. Pondría en imágenes situaciones imprevistas e imprevisibles. […] Gracias a ese creativo jugar y volver a jugar surgiría un consenso que permitiría a la sociedad programar los aparatos mediante imágenes y a través de ellas. Los aparatos estarían entonces al servicio de los propósitos humanos generales: emancipar del trabajo a cada persona y dejarla libre para entrar en juego con todas las demás personas, de modo que se produzcan informaciones siempre nuevas y se puedan experimentar aventuras siempre nuevas” (pag. 78)
“ya no serán las emisoras centrales quienes hagan las prescripciones a los aparatos, sino que cada uno de los generadores de imágenes que se sienta frente a una terminal de computadora lo hará por sí mismo. Así, quiero decir que todos esos “programas propios” se contrastarán entre sí, a la que se alimentarán y se corregirán recíprocamente, y que en consecuencia por parte de todos los participantes se dará una permanente programación dialógica de todos los aparatos. Que por consiguiente el ser humano del futuro se distinguirá del actual funcionario y que, a diferencia de éste, no tomara decisiones programadas, sino que tomará decisiones programando. […] En el concepto de “programas propios”, que pongo aquí sobre la mesa, el acento está en lo “propio”. Son mis programas y no los de otros. Quiero tener mi propio programa de modo que nadie más me imponga el suyo. Quiero ser propietario para que nadie se apropie de mí. […] En el estado actual, entonces, “programa propio” significa “expropiación”, socialización de los programas imperialistas. Es un lema socializante. […] Pero el concepto de “programa propio” no podrá conservar ese significado una vez que la sociedad telemática se instale realmente. Ya desmanteladas las emisoras centrales, no habrá nada que decir sobre “expropiación”. Se tratará solamente sobre programación dialógica. Y ya no se buscará tener un programa propio para que nadie pueda imponerme el suyo, sino que por el contrario, tener otros programas (los de otros) para poder modificarlos (y proponerlos a otros).” (pag. 141)